¿Dónde habita la nostalgia Mr Atkinson?

Posted by | diciembre 02, 2015 | Sin categoría | No Comments

A menudo fluyen sentimientos hondos en la contemplación de un cuadro, incluso aquello que está esbozado tiene a veces la capacidad de traer al presente la sutil matería de la nostalgia.

Esas gotas de rocío del ánimo en las que nadan libres y desnudas las señoritas tristeza y alegría.

Ha pasado tanto tiempo desde que viví en Londres que a los recuerdos luminosos y llenos de colorido de aquel año de finales del Siglo XX les han ido creciendo una bruma, una densa “smog”, esa que dicen ya no existe en la capital de Peter Pan y Mary Poppins.

Aquella veladura ausente desde que a los muelles del Támesis dejaron de llegar barcos de vapor con las maravillas del imperio, desde que ejercitos de workers class galeses, escoceses, Irlandeses… abandonaron los andenes de Victoría y Paddington para servir a la revolución industrial y desde que las chimeneas de Battersea dejaron de escupir su humo a la grisacea bóveda de la city para servir de portada a un disco de Pink Floyd.

Esa que tal vez solo habita ya en la literatura de Conan Doyle, en las películas de la Hammer o en un difuso recuerdo que aún no se si acaso es más la figuración de lo que pudo haber sido.

john-atkinson-grimshaw-paintings-a-yorkshire-lane-in-november-1873

Aquel año, entre otros que haceres, la mayor parte lúdico festivos, asistía a clases de inglés en una academía de charing Cross trufada de estudiantes de todo el orbe conocido, gente en la veintena que como yo, repartía su tiempo entre fiestas en el Ministry que daban la vuelta al fin de semana, algún trabajo ocasional en la Virgin o un Burger King y los aún anchos agujeros del cedazo de la sociedad del bienestar por donde nos colábamos algunos para obtener el home benefit y el income support.

Esas palabras mágicas que ayudaban a pagar la habitación a un land lord de turbante naranja venido del Punjab, el abono para moverse por el laberinto del underground y alguna pinta tibia de Pale Ale en el Royal Oak.

En el espacio de tiempo que había a entre la salida de la academía y el trabajo, solía bajar la calle hasta Trafalgar Square y sorteando las cagadas del ejército de palomas que Nelson envía contra los turistas desde su columna, meterme en ese mundo increible que es la National Gallery.

Allí descubrí los paisajes de Claude de Lorena, con sus barcos anclados en atardeceres perfectos y puertos imposibles de mitología griega.

Las batallas de Delacroix, llenas de detalles, en las que si te acercas casí se oye relinchar a los caballos y a los Usares cargar sable en mano por la “Grand Armé”.

Pero guardo en la memoría con especial viveza una sería de cuadros de John Atkinson, aquel ferroviario sin vocación que fué discípulo de los llamados pre rafaelistas para ir poco a poco adentrándose en los caminos sin retorno del trazo suelto, a la comunión con la huella en los sentidos que anticipaba el impresionismo.

Sobre todo las que pintó en la década de 1880, esas que capturan el imaginario común del efecto de la luz de la luna sobre la noche y la bruma londinense.

John_Atkinson_Grimshaw_Boar_Lane_Leeds_by_lamplight_1881

Teñida de una luz lechosa, las pinturas presentan una luna llena entre nubes desgajadas. Compiten timidamente las luces amarillentas, mortecinas, saliendo por las ventanas de las casas, tal vez la promesa de una sobremesa entorno al calor de un hogar encendido.
Las señales en la bocana del Támesis, las farolas de gas en mitad de esa red nocturna.

Y una sombra, una figura embozada que no se sabe qué dirección toma, que parece hundirse en el misterio que habita cada lienzo.

the-old-hall-under-moonlight-1882

Es entonces cuando es fácil dejarse llevar en una noche fría como hoy, en la que ya uno se sabe engamado por el tiempo con el otoño y barrunta que llegará un día con todas sus armas el invierno, y así uno mismo puebla la escena como una sombra más, se cruza, y tal vez saluda llevándose la mano al sombrero a Jack The Ripper, en un callejón húmedo de Whitechapel mientras apresura el paso hacía su casa, hacía la luz de esa ventana donde habita la nostalgia de cuánto fue y pudo haber sido, esa que trae este borroso pero cálido recuerdo.

John_Atkinson_Grimshaw_-_Shipping_on_the_Clyde_(1881)

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